¿Qué hago con las manos?

De las #RecetasInútilesParaHablarEn Público, hoy llega, «el control de los gestos».

El lenguaje corporal

Cada vez que, por la calle, veo a alguien hablando por teléfono móvil usando el manos libres, busco al fantasma con el que habla. Porque veo tan claramente que habla con alguien… pero yo no veo a quien parece que esa persona sí que ve. Y sigue hablando mientras mira enfrente suyo, y cabecea negando o afirmando, mueve sus brazos y sus manos dibujando con los dedos lo que dice. Si habla de subir, sus brazos suben, si dice «Basta», mueve sus brazos como si estuviera segando con una mano afilada, o con las dos, o deja de caminar si va a decirle algo importante a su interlocutor invisible. Normalmente la parada va acompañada de un “Vamos a ver…”, en tono grave.

¿Crees que esa persona está diciéndole a su cuerpo y a sus manos que se muevan? ¿Crees que lo hace para que la otra persona le vea? ¿Pero, cómo le va a ver si tiene el móvil en el bolsillo?

El movimiento del cuerpo, o de las manos en particular, obedece a lo que imaginamos. No gestualizamos para el otro, nos movemos porque vivimos lo que imaginamos.

Por lo tanto, si quieres que tus manos hagan cosas que sirvan para la comprensión de lo que explicas, ocúpate en ver claramente lo que estás contando, porque ellas lo dibujarán en el aire. Si divagas, tus manos enseñarán un laberinto, ese mismo en el que te has perdido. Si estás soltado un rollo, o vas amontonando ideas con las palabras, o relatando una lista de conceptos, tus manos darán vueltas a una manivela invisible o harán como quien pone un papel encima de otro.

¿Has visto a algún político dibujar círculos en el aire con la mano, o tirar de una cadena virtual, en cuanto se pone en modo piloto automático? ¿O como martillea el brazo del profesor cuando pide que los alumnos acepten una autoridad que él no siente que tiene y quiere demostrar que sí tiene? Eso es, va dando golpes con el mazo imaginario que desearía tener en la mano para darles en la cabeza.

Tus manos no tienen la intención de usar un lenguaje, simplemente se mueven con lo que imaginas.

El lenguaje del cuerpo, de las manos en este caso, es algo que se ve afuera como una proyección de lo que sucede en nuestro interior. Y es involuntario además de genuino y personal.

Por eso, cuando alguien te dice lo que tienen que hacer tus manos cuando hablas ante los demás está proponiéndote borrar tu identidad expresiva, y que uses los mismos movimientos para explicar cosas que no tienen nada en común, porque pretenden que tus manos expresen una intención que redunde o distraiga de lo que dices.

Vamos, te piden que seas una fiera de la interpretación sin pasar por la carrera de actor. ¡Chas! dijo el mago.

Lo que se consigue con esos gestos impostados es mermar tu “gestuario” o el vocabulario que se lee en tu cuerpo. Las indicaciones sobre el control de tu gestualidad borran tu expresión: Te borran. Y hacen que te parezcas a tantas otras personas que las siguen cuando se expresan en público.

Decide, si quieres sinceridad en tus exposiciones, no falsees tus movimientos, no mandes en tus manos, no te mientas, no mientas. El público ve lo que tú vives. Si haces movimientos fingidos, verán que finges, o sea, que mientes, aunque no sepan cuál es la mentira.

A la pregunta ¿Qué hago con mis manos? La respuesta es ¿Qué imaginas?

Recetas (inútiles) para comunicar.

Relájate, mira al público, créetelo, véndete, habla fuerte y claro, convénceles, no muevas las manos, respira hondo, muévete, sé natural. Sé tú…

La mirada desde afuera es la que nos dice cómo debe ser la comunicación, nos propone observar nuestros gestos, cómo nos movemos, qué palabras hay que usar, cómo debe ser nuestra mirada, y hasta el tono de nuestra voz, para repetir una manera de actuar estándar que nos iguala y nos despersonaliza.

Mirarnos desde afuera y darnos órdenes, como hace un director de escena, es la propuesta más habitual que encontramos en los manuales de hablar en público. Lo que se olvida en esas propuestas es que un director mira, observa y dirige a actores, que son personas formadas en el arte de representar la vida. Eso quiere decir que los actores traducimos las indicaciones del director, porque somos profesionales de la interpretación, no hacemos gestos o ponemos caras, vivimos el acto escénico, no somos marionetas.

Impartir recetas a personas que no son actores, y pretender que actúen libremente en escena, eliminando todos sus prejuicios y sus miedos, al grito de tú puedes, puede generarles frustración. Los alumnos van a intentar hacer determinados gestos, impostar la voz, mirar y moverse, y hasta usarán unos recursos de actuación y unas pautas que no sirven para todos los públicos de todas las culturas…

La formación en habilidades comunicativas sirve para ayudar a comunicar libremente, no para encorsetar a quien quiere comunicar.

Cuando nos preocupamos por cómo hablamos, miramos o nos movemos, perdemos de vista por qué o para qué lo hacemos. Perdemos de vista a nuestro interlocutor, porque mientras mantenemos un diálogo con nosotros mismos, dejamos afuera a la persona con quien hablamos, y así no hay comunicación posible.

Es necesario practicar, no ensayar, como hacemos los actores en nuestra formación, trabajar la creatividad y la libertad para dejar afuera a miedos y prejuicios. Conocer el por qué de nuestras respuestas fisiológicas a la exposición ante los demás, los orígenes de nuestra manera de hablar y de movernos nos tranquiliza, nos libera de prejuicios.

En definitiva, se trata de saber por qué hacemos lo que hacemos, jugar con nuestra propia manera de expresar y no repetir recetas que convierten las exposiciones en público en presentaciones clónicas.